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Soledad Barruti: “El daño cultural que hace este modelo es el que más me preocupa”

La periodista que escribió Malcomidos regresó a Entre Ríos, el primer y último punto de un largo recorrido en el que trazó las zonas oscuras de la industria alimentaria argentina de las últimas décadas. En diálogo con Dos Florines, la escritora remarcó los acentuados cambios producidos en los pueblos de la provincia emblema del sector avícola. Además, reflexionó sobre el sistema político y económico nacional, el rol de las grandes empresas, los intereses que se ponen en juego y sus distintas miradas sobre el futuro.

Nahuel Amore | Dos Florines

Soledad Barruti presentó su libro en Paraná el pasado 19 de junio.
Si el sabor, el olor, la textura, el color y el tamaño del pollo de su abuela eran diferentes en relación a los que siempre cocinó para su familia, ello se constituía como un punto de partida para pensar qué comemos los argentinos. Por este motivo, Entre Ríos era el lugar donde debía iniciar su investigación sobre la industria alimentaria nacional, en tanto se trata de la provincia avícola por excelencia. Y así lo hizo.
Partiendo de situaciones micro para dar cuenta de una problemática macro, Soledad Barruti (Buenos Aires, 1981) escribió el polémico libro Malcomidos, que publicó a mediados del 2013. “¿Por qué las vacas ya no comen pasto? ¿Desde cuándo los criadores de pollos no comen pollo? ¿Qué relación hay entre la falta de trigo, la exclusión social, el asesinato de indígenas y las catástrofes naturales? ¿Por qué cada día hay más obesos, más diabéticos, más hipertensos y más enfermos de cáncer?”. Estos y otros interrogantes se desprenden de preguntarse sobre las consecuencias individuales y colectivas de los modos de producción de alimentos a gran escala.
En el marco de su última presentación en Paraná, que da cierre a una extensa gira por todo el país en defensa de sus posturas, la periodista apuntó a los cambios culturales que ocasiona el modelo productivo actual en las poblaciones entrerrianas. Gracias al Programa de Extensión Por una Nueva Economía, Humana y Sustentable, de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), Barruti dialogó en exclusiva con Dos Florines y en su análisis también se refirió al Estado, las empresas y los intereses en juego, sin dejar de lado qué piensa del mundo para lo que depara el futuro.

Entre Ríos cultural

¿Qué te significa estar en Entre Ríos, una de las provincias que más creció en la Argentina a partir del modelo agroindustrial que apuntás en tu libro?
—Mirá, cuando yo hice el libro, Entre Ríos fue el primer lugar al que vine durante mi investigación, que la hice viajando en micro, mirando los distintos paisajes. Fui a Crespo, por ejemplo. Y lo que encontré en ese momento fue un contraste muy rotundo entre personas que claramente vienen con una tradición en la agricultura y que están tratando de adaptarse todavía a la tecnificación que se impone. Este fenómeno lo vi, sobre todo, en los productores avícolas, de huevos y pollos. Vi el poder que ejercen estas grandes empresas, que son dueñas de la matriz de producción, sobre estas personas. También vi cómo cada una de las aldeas ha ido mutando culturalmente, en la medida en la que estas fuerzas productivas fueron avanzando. El pollo es en nuestro país una especie de insignia de lo que puede ser la bonanza productiva, sin olvidar obviamente la soja. Pero básicamente, lo que me impresionó en esta provincia fueron los cambios humanos y culturales más radicales que se daban, porque claramente hay muchas personas con una identidad local muy fuerte, que no se da en todos los lugares. Acá lo que encontré fue esa cosa de los inmigrantes, que habían venido, se habían asentado y mantenían a generaciones. Son culturas muy propias y particulares, que se vieron enfrentadas por el paso abrupto de todo el sistema. También vi un gobierno muy fuerte en la estructura del poder nacional, que ha sabido posicionarse inteligentemente en el medio de todo eso. Pero como sucede en todas las provincias, no encontrás ese derrame de progreso. Cuanta más riqueza concentrada encontrás, también encontrás más exclusión y concentración urbana.

¿Cuándo hiciste este recorrido por la provincia y qué otras problemáticas observaste?
—En 2011 vine acá por primera vez. Después volví porque recorrí la parte de la pesquería y el desastre que estaban haciendo con los negociados de los frigoríficos sobre el Paraná. Porque lo que siempre me genera el Litoral, y también la zona del norte argentino, es la idea de riquezas robadas. Es decir, cómo va la aplanadora del supuesto progreso saqueándolo todo, dejando a su paso culturas vaciadas de todo aquello que tienen para ofrecer y de todo lo que tienen para subsistir. Porque cuando vos saqueás territorios y saqueás recursos, saqueás también las posibilidades de futuro de esas poblaciones.

En ese sentido, lo que dejás en claro es que el crecimiento económico no implica directamente desarrollo.
—Claro. No es progreso. Hay que ver qué significa. Porque el progreso muchas veces en nuestro país parece que fuera poder cambiar el auto todos los años, mientras los índices de educación son cada vez más pobres y mientras el despoblamiento del campo es cada vez más extremo. Entonces, qué perdemos y qué ganamos si nos vamos simplificando como cultura. El daño cultural que hace este modelo es el que más me preocupa. Porque sin ninguna base de personas con pensamiento crítico, educadas y con posibilidad de pensar, es decir, si tenemos como todo un país idiotizado, es más fácil que no tenga ninguna solución esto.

Lo público y lo privado

¿Cómo observás la relación entre las políticas de Estado y las grandes empresas para la instalación del modelo industrial vigente?
—En el libro entendí que el nudo de la instalación del modelo productivo que continúa hoy es el que se instauró en la dictadura militar. Y la dictadura militar se impuso como modelo económico, antes que como modelo político. Y cómo a partir de ese momento se instalaron estas grandes empresas que son las que hoy manejan nuestra economía productiva. Me parece que viene todo de la mano. El menemismo, por ejemplo, les terminó de abrir las puertas a los transgénicos. Después este modelo se vio muy favorecido. Ante posibles inclemencias económicas, por estar todo dominado por la soja, se continuó impulsando una idea de sojización porque era muy pertinente. Entonces, si bien en ese contexto el Estado se muestra como progresista, tiene una asociación con las grandes corporaciones.

La progresividad en la concentración y centralización de la riqueza desde la dictadura hasta la actualidad, ¿también la ves en el modo de comer?
—Sí. Todo se relaciona entre si. Por un lado, cuando tenés concentraciones productivas y te subís a un modelo, por otro lado, también te subís a un modelo cultural y a un modelo de hábitos. Y eso que pasa en los platos de las personas, lo ves reflejado en el campo: el empobrecimiento de la dieta, del sabor, del acceso… Cada vez hay menos acceso a los alimentos variados y frescos. Y eso, sobre todo, se ve en los índices de salud y de fisonomía de las clases más populares, que terminan teniendo problemas de sobrepeso, de diabetes, de colesterol a edades muy tempranas. Ello se debe a que siguen un modelo de dieta que se impone desde el campo. Vivimos en una idea de producción empobrecida, básica, monocultivada en todos los ámbitos. Y eso lo vemos reflejado, incluso, desde la industrialización de la dieta de los sectores medios y altos, que eligen cada vez más pseudoalimentos, que son los que se ofrecen en las góndolas de los supermercados.

Cuando hacías el libro y consultabas a las fuentes primarias, ¿tomabas ciertas precauciones por los intereses políticos y económicos que se ponen en juego?
—Al libro lo hice siempre diciendo directamente que yo era periodista y que estaba haciendo una investigación. Obviamente, no iba a decir que estaba haciendo una investigación crítica porque pienso que este sistema productivo no funciona. Decía que estaba haciendo una investigación sobre la producción de alimentos en la Argentina. Y con ese pedido de permiso siempre hice entrevistas de frente, nunca hice entrevistas ocultas ni nada por el estilo. Y, de alguna manera, eso es un reaseguro para tener la confianza de que el trabajo que llevás adelante se hace con una honestidad que no te va a traer problemas. Y sí, en el libro lo que intenté fue ser súper cuidadosa en cuanto a que entiendo las subjetividades con que se toman ciertas decisiones. Pasa que cuando uno habla de empresas, estás hablando de entidades que no parece que fuesen armadas por personas. Y cuando te metés con las personas, entendés que todo es mucho más complejo. Obviamente, hay mucho cinismo y mucha hijadeputés en el mundo. Pero en la mayoría de los casos no es así, sobre todo en las personas que trabajan, que son partes del sistema sin tener otra posibilidad. Trato de ser comprensiva. Y después escribí todo y lo sostuve, al momento de comunicarlo y defenderlo, con absoluta libertad.

Cambios y miradas

¿Hay ciertas cuestiones que le rescatás como positivas al sistema industrial vigente?
—No, nada. Me parece que es un sistema siniestro como todo el capitalismo extremo y salvaje. Creo que ya no hay forma de dar vuelta atrás y pensar que el capitalismo tiene sus vetas justas. El sistema alimentario produce alimentos para el doble de personas que hay en el mundo, tira a la basura un tercio de lo que produce y deja con hambre a mil millones de personas. Ese es un sistema perverso, que encuentra todavía mecanismos para ajustar las clavijas y dejarnos a todos un poco más ahorcados y presos de intereses que nunca derraman al resto de la sociedad. Me parece que al sistema hay que cambiarlo, que este no es, definitivamente.

¿Y qué te hace pensar el futuro de manera optimista?
—Lo que me da la punta de que puede mejorar es que cada vez me estoy encontrando con personas muy valiosas, no sólo en la Argentina, sino también en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, que están generando movidas muy profundas. Es un mensaje que se cuela, que avanza y que genera reacciones. Porque cuando realmente entienden que hay un relato y que después hay una verdad que no está siendo contada, las personas reaccionan. Todas. Algunas con más constancia, otras tal vez son como reacciones asustadas. También lo otro que me da esperanza es pensar un poco en el devenir apocalíptico. Porque cuando las cosas terminan muy mal, también tenemos, por lo general, salidas bastante creativas para generar otras formas de mundo.

¿Cómo ves estos cambios a partir de la publicación, principalmente en aquellas personas que ya estaban realizando experiencias similares a las propuestas?
—Sí, eso fue re lindo. Yo por eso entré al mundo de las redes sociales con el libro. Yo había sido siempre como muy fóbica y no quería tener Facebook ni Twitter y, de repente, los tengo todos. Entiendo que es una herramienta necesaria. Y las historias y los casos son tan increíbles como insospechados: de maestras que empezaron a tomar el libro para dar determinadas clases, incluso en colegios de alumnos chiquitos; familias enteras que se vieron convocadas alrededor de una lucha que ni siquiera sabían que tenían; padres que cambian la dieta de sus hijos; pediatras que también empiezan a recomendar el libro. Lo bueno es, sobre todo, de personas que no sentían una cercanía con ningún tipo de activismo. Por ahí, muchas veces las personas desde las ciudades pensamos que todo lo que ocurre lejos, no nos afecta. Tenemos todos como una identidad bastante egoísta. Entonces, al ver eso, te genera como un choque. Porque tenés hijos; porque siempre comés; porque por algún lugar siempre te pega esta situación de tener manipulada la base de la vida, que es el lugar de donde sacamos nuestra comida y el suelo que garantiza que podamos seguir o no alimentándonos a los argentinos.

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